Mundial 2026

El día del no trabajo

Definitivamente, el que se inventó el trabajo no tenía nada que hacer. Parece una frase de reina pero es absolutamente cierto para los aduladores, admiradores y devotos de los días festivos.

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Definitivamente, el que se inventó el trabajo no tenía nada que hacer. Parece una frase de reina pero es absolutamente cierto para los aduladores, admiradores y devotos de los días festivos. Y el que se inventó el Día del Trabajo, para celebrar que existe el trabajo, no trabajó la idea. La historia narra que en 1889, durante el Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional celebrado en París, fue definido el primero de mayo como el Día del Trabajo. Esto, para destacar la valentía de un grupo de sindicalistas, conocidos como los Mártires de Chicago, quienes fueron condenados en Estados Unidos por su participación en una huelga, tres años antes y en la misma fecha. Ellos exigieron un turno laboral de 8 horas y, por esta razón, tres fueron encarcelados y cinco ejecutados en la horca. Un sincero homenaje que con el pasar del tiempo se convirtió en el plazo de protesta favorito de los sindicalistas, normalistas mal pagos y quienes se consideran explotados laboralmente. Pero también se volvió el dolor de cabeza de administraciones locales, jefes de oficina y empleados colgados con tareas. Mi papá participó en muchas marchas del Día del Trabajo; ya no lo hace porque está pensionado y prefiere ver fútbol todo el día. A mi mamá le tocó acompañar las jornadas de protesta. Ella perteneció al sindicato de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, creo yo, sin saberlo; fue inscrita en el grupo por iniciativa de mi progenitor. Y ella, como le llevaba la idea en todo, hasta tenis para marchar compró. Muchos fueron los beneficiados con la idea, pocos los elegidos. No tengo en mi memoria al primer dichoso que por levantarse ese día festivo a las 7 de la mañana, organizarse, echar mano de la pancarta, afinar la garganta con miel y jengibre y aprenderse las consignas que le entregó el amigo de la oficina, le hayan mejorado la situación laboral o le hayan dado una prima extralegal. Pero en cambio sí conozco a varios afortunados que, mientras sus papás se descosían en la carrera Séptima con Avenida Jiménez, en el centro de Bogotá, a punta de grito y rebeldía, retozaban en brazos de Morfeo esperando el grito importante y vital de esa mañana, con el que se da inicio a 12 o 13 horas de televisión continuas: ¡baje a desayunar! Hago parte de los beneficiados y de los pocos elegidos. Trabajé como reportero de un noticiero de televisión, de miércoles a domingo y, por ende, los días festivos. Tuve que madrugar mucho y salir muy tarde. En esos momentos hice gala de trabajador responsable y enaltecí, con mi jornada, a los Mártires de Chicago; y por el mismo sueldo. Fue difícil ver a la gente en la ciclovía murmurando quién sabe qué, cuando me veían bajo el inclemente sol bogotano, a 22 grados y con la corbata al cuello. Pero la vida me dio otra oportunidad. Mis días de trabajo se convirtieron en descanso. Salí del noticiero y me dejé llevar por las mañanas sabatinas entre las cobijas, con la compañía de los cuentos de los hermanos Grimm; y por las dominicales, escuchando la Santa Misa televisada. Regresé al deporte, al merengón ofrecido en carro y a la “jartera” de pensar en el lunes. Y ahí me quedé. En estos días, un compañero de trabajo me dijo que el próximo primero de mayo se va a quedar en la casa porque, según él, no hay nada más cansón que los trancones generados por las marchas; que no hay nada más aburrido que los infaltables gases lacrimógenos con los que las manifestaciones son dispersadas y que no hay nada más complicado que salir del centro bogotano, después de los discursos…Y pensé: este es de los míos. ¿Son necesarias estas manifestaciones para exigir que los salarios sean justos, para que los jefes traten bien a sus empleados, para que el Estado reconozca la labor de cada quién y le dé el valor que merece? ¿Son necesarios los trancones, las bombas con pintura, las paredes mal pintadas, las consignas mal inventadas? Como decían en la comedia de televisión de los 90 ‘Dejémonos de Vainas’, al mejor estilo de Tirso de Molina: averíguelo, Vargas… Además, el Día del Trabajo de 2018 tiene un ingrediente especial, para quienes optamos por quedarnos en la casa: juega ¡James Rodríguez! su segundo partido de semifinal, de la Champions League, contra el Real Madrid. No habrá que ver el cotejo con un ojo en el televisor de la oficina y con el otro en el computador. Siempre rogué al Sagrado Rostro para que ese festivo cayera en el calendario un martes y, por ociosidad, soñar con que en mi lugar de trabajo den el lunes como parte del festivo, para tener 4 días de puente. No sé si una de sus estampas me escuchó, pero el milagro se hizo realidad. Lluvia de comida a domicilio; arrunche; baño con agua caliente; sueño corto y despertador programado a la 1:30 p.m. ¡Que viva el Día del Trabajo in saecula saeculorum! Que gane James el partido, que mi amigo Milton disfrute de su puente y que los Mártires de Chicago me perdonen. Tras la jornada, pensaré en el día más “jarto” de esa semana: el miércoles… @HernanLopezAya
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