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Sueños

Soñé que los conjuntos residenciales de Salitre Plaza se juntaban unos con otras y desaparecían las calles. Ya no había Avenida Esperanza, ni Avenida 68, ni Avenida Boyacá. Cuando salías de la p
Soñé que los conjuntos residenciales de Salitre Plaza se juntaban unos con otras y desaparecían las calles. Ya no había Avenida Esperanza, ni Avenida 68, ni Avenida Boyacá. Cuando salías de la portería de tu conjunto, entrabas directamente en la portería del de enfrente, y la ventana de tu habitación estaba pegada a la de otra habitación. Las personas iban confusas de unas habitaciones a otras, de unas casas a otras, buscando una salida pero se perdían en aquel laberinto de pasillos y habitaciones. Cuanto más céntrica era tu vivienda, más atrapado estabas en aquella especie de masa hueca en que se había convertido el sector. Entonces, un grupo de personas, liderado por un abogado que vivía en la Torre 2 de Arrecife (¿por qué un abogado?, ¿por qué Torre 2 de Arrecife?), decidió emprender una exploración en busca de la periferia, pero como era imposible saber si se viajaba en línea recta o en círculos, se perdieron al poco de salir. Incapaces de regresar al punto de partida, los exploradores se quedaban a vivir en cualquier apartamento y abrían cualquier armario y se duchaban en cualquier baño. No había modo de expulsar a nadie, pues no había afuera. Desde los penthouses se veía un techo infinito, lleno de montañas, de edificios, de irregularidades. Algunos expedicionarios decidieron dirigirse hacia la periferia de Bogotá a través de los tejados y los balcones, en busca de municipios como Chía o La Calera, pero tampoco regresaron nunca. Entonces se me ocurrió llamar a un amigo del colegio que vivía en la calle 170, al borde de la ciudad y me dijo que ya no había borde, pues del mismo modo que se habían agrupado los conjuntos residenciales y las casas, también las ciudades se habían juntado unas con otras y resultaba imposible saber dónde terminaba aquel conjunto de ladrillo. Cuando había mucho silencio, escuchábamos pasar el Transmilenio por debajo de nosotros, pero no sabíamos cómo se accedía a él ni quién lo conducía. Tampoco estábamos seguros de que fuera el Transmilenio, la verdad, pero a algo teníamos que atribuir aquellos ruidos subterráneos. Me desperté a media noche y me asomé a la ventana. La Avenida Esperanza estaba en su sitio, pero ya no me acosté por miedo a que, si me dormía, se realizara una pesadilla. De todos modos, estuve todo el día con la impresión de que en mi vida real, como en el sueño, no hacía otra cosa que buscar un borde, un labio, un margen.
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