Al mequetrefe nada ni nadie lo hará entrar en razón. Estulticia, palabra muy elegante con la que podría describirse su pobre entendimiento, resulta demasiado rimbombante para lo que sencillamente puede calificarse como estupidez pura y llana. En Colombia contamos con expresiones mucho más castizas, como caído del zarzo o tarado mental, que le vendrían de maravilla. Pero no vale la pena desgastarse en estas pequeñeces cuando le quedan contados días para dejar de fastidiar a los colombianos y de avergonzarnos ante el mundo.
De todas formas, no hay que hacerse ilusiones con que su salida equivalga al olvido que merece. Resulta que nos deja, como regalito pagado con los dineros de todos los colombianos, una colección de diez tomos con sus discursos. ¡Diez tomos! Válgame Dios si este mamarracho hablador no paró de sorprender al mundo ridiculizándose con sus disparates.
La noticia revela que el Gobierno distribuirá la colección de discursos de Gustavo Petro —si es que sus peroratas cantinflescas pueden calificarse como discursos— en 1.700 bibliotecas públicas. Ni que hubiera escasez de papel higiénico en los baños de esas bibliotecas. La inestimable joya fue editada por uno de sus ministerios, del que poco o nada supimos durante cuatro años, aunque conservó el pomposo nombre de Ministerio de las Culturas. Según sus editores, el propósito fue mantener, en los 1.200 discursos pronunciados entre 2022 y 2026, "el carácter oral de las intervenciones del mandatario".
Y todavía le quedamos debiendo al personaje, pues, con una generosidad digna de mejor causa, no recibirá ingresos por la comercialización de semejante joya literaria. Este fallido Gabo, en su derroche de generosidad para con la "humanidat", no recibirá los millones de dólares que significarán los derechos de autor de este best seller en diez tomos, que bien podría superar en páginas a Los miserables y a La guerra y la paz, y en ventas a Harry Potter.
Por mi parte, donaría la colección a los centros psiquiátricos para que sirva como material de estudio, no solo sobre un orate, sino también sobre un país entero que lo aguantó cuatro años sin chistar.
Si el mequetrefe fracasa, como es de esperarse, en su actual intento de atornillarse en el poder mediante un golpe de Estado, siguiendo el poco recomendable ejemplo del expresidente peruano Pedro Castillo, siempre le quedará el consuelo de perpetuarse en los anaqueles de las bibliotecas públicas gracias a su monumental legado literario que, como en la "antigüedat", surgía oralmente en obras como La Odisea, de Homero... pero no de Homero Simpson, señor presidente saliente y maloliente.
El verbo oral de nuestro frustrado golpista y genio literario contrastaba con la prosa escrita de quien soñó con ser su sucesor: un tal Cepeda, de pronta y triste recordación, quien leyó cientos de discursos que poco cambiaban uno de otro durante su campaña, todos escritos con su puño y letra, como se decía cuando se escribía más de lo que se tecleaba.
No tenemos cómo darle gracias a Dios por el pronto y venturoso final del peor episodio de nuestra historia política, habiéndose dado el milagro de llevar a la Presidencia a quien hará realidad eso de la Patria Milagro. En cambio, al presidente saliente no hay nada qué agradecerle y mucho menos su donación de los derechos de autor de una costosa edición de basura literaria pagada con nuestros impuestos.
Faltaba más…
