La larga cuenta regresiva

El fin del gobierno de Gustavo Petro abre una nueva etapa para Colombia con Abelardo de la Espriella.
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Ya casi llegamos al final de la más larga cuenta regresiva de la que tenga memoria. Con ella se dan por terminados los cuatro años de un gobierno del que no esperábamos otra cosa distinta de lo que padecimos y que, para decirlo sin rodeos, podría haber sido infinitamente peor.

Ganas no le faltaron a esa especie de mamarracho que, por descuido de los dioses, pura veleidad o intenciones de castigarnos, resultó elegido presidente, de manera claramente ilegítima, convirtiendo al país entero en un circo de corrupción en todos los sentidos.

Habrá quien, como yo, de una manera un tanto sádica, se ponga a repasar apartes de esos cuatro años que ahora llegan a su fin. Cuatro años con los que se pretendió abrir el camino para permanecer en el poder durante veinte años o más, como lo anunciara el mequetrefe en sus delirantes y frecuentes alocuciones. Pero resulta que no me ocurre como con el recuerdo del atentado a las Torres Gemelas, hace ya un cuarto de siglo, que permanece intacto en mi memoria. Tal vez, por puro instinto de sobrevivencia, mi cerebro ha comenzado a borrar algunos de los recuerdos pestilentes que nos deja el tal Gustavo Petro.

Soy de los que creemos que nos salvamos de caer en una dictadura como la de Cuba por una coyuntura que terminó favoreciéndonos con la llegada, nuevamente, de Donald Trump al poder. La intención de imponer una Constitución al estilo de la de Chávez estuvo siempre como meta fundamental del mequetrefe y de sus aliados en la política y en la criminalidad. No sobra recordar que la Constitución del 91 fue el resultado de una alianza similar entre Pablo Escobar y el M-19.

Nos salvamos también porque el mequetrefe no mantuvo la disciplina castrense de un Chávez o de un Ortega. Entre parrandas, alcohol, drogas y sexo quedaba poco espacio en una mente enloquecida para sus sueños revolucionarios. Y porque fue capturado Maduro cuando se iniciaba una guerra frontal contra el narcotráfico y el terrorismo del crimen transnacional organizado, y se puso también a Cuba en la mira. Peor escenario no podría haber tenido el muy cobarde mequetrefe.

Y quién sabe qué puede estar oculto en los planes elaborados desde la Casa Blanca, con un Marco Rubio que no parece dispuesto a descansar hasta ver al patio trasero libre de dictaduras y del narcotráfico que las sostiene.

Y, para desgracia del mequetrefe, aparece un personaje inesperado que no deja de sorprender positivamente.

Abelardo de la Espriella representa a una Colombia que quiere tomar el camino del progreso y que, para lograrlo, está comprometida con acabar con los terribles cánceres que carcomen al país. Lo ha demostrado en el mes y medio transcurrido desde su elección como presidente de los colombianos.

El nombramiento de un equipo ministerial de alta talla no parece haber obedecido a cálculos políticos, al pago de favores electorales ni a compromisos personales. Sin favoritismos, pero con un claro mensaje: las cosas han cambiado para bien y no hay marcha atrás.

Su posesión en Santiago de Cali es una muestra clara de su intención de descentralizar el poder para que las regiones asuman el rol que les había sido negado durante décadas.

Barranquilla, una ciudad que siempre consideré que debió ser la capital de Colombia, va a ser una capital alterna.

Se unen en estas dos decisiones la simbología y la acción directa para que comience a cumplirse el sueño de la Patria Milagro.

Los delirios del que se va —y ojalá termine pagando por sus crímenes en una cárcel— se estrellan contra una ilusión que comienza a hacerse realidad. Una ilusión que deberá construirse sobre un muro sólido de confianza institucional. Esa será la verdadera muralla frente a cualquier nuevo intento de hacerse al poder por parte de personas de tan baja calaña como las que, en pocas horas, en lugar de parrandas tendrán que dedicar su tiempo a defenderse ante los estrados judiciales por la aberrante corrupción que llevó al robo de las finanzas públicas, solo comparable con la del chavismo en Venezuela, pero sin petróleo.

Qué tal, caigo en la cuenta ahora, si a ese chiflado no le da por restringir la explotación de petróleo. ¡Cómo habría sido el festín!

Por Carlos Salas

Este contenido corresponde exclusivamente a la opinión y perspectiva del artista, Carlos Salas. Las ideas, reflexiones y afirmaciones aquí expresadas no comprometen la línea editorial ni institucional de KienyKe
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