Eso de que no roba, pero deja robar no va con el Tigre. En otro acto significativo de descentralización, la posesión del recién elegido Contralor por la plenaria del Congreso, Jorge Eliécer Laverde, se dio en La Dorada, de donde es oriundo. Es importante resaltar el compromiso con las regiones, que es una de las marcas de la actual administración, como lo hizo evidente al anunciar ahí mismo que hará navegable el río Magdalena desde Bocas de Ceniza hasta Barrancabermeja, presentándolo como la gran arteria de integración nacional.
Lo que hace trascendental el discurso del Tigre es la contundencia con que anunció la lucha contra la corrupción, que pone a temblar al corrupto de ayer, pero también al de hoy y al de mañana. No habrá impunidad para los corruptos del pasado gobierno en el Ejecutivo y el Congreso —que son legión—, ni para los de anteriores gobiernos cuyos delitos no hayan prescrito. Para ello va a crear un grupo élite dentro de la Contraloría que investigará el “latrocinio del desgobierno anterior”, donde hubo un “festín de la corrupción” que dejó al país en una situación fiscal de extrema gravedad.
Le pidió al nuevo Contralor que fuera implacable en la defensa del patrimonio público y que investigara cualquier detrimento, venga de donde venga y caiga quien tenga que caer. Si un funcionario de su gobierno aparece involucrado en casos de corrupción, deberá responder ante la justicia.
Ya nos tiene acostumbrados el Tigre a su extrema coherencia. Los pocos días de su mandato han sido suficientes para demostrarles a sus compatriotas que se puede confiar en su palabra, esa que comprometió en campaña y que expone en cada una de sus intervenciones públicas.
La palabra verdadera de un mandatario es la que genera la confianza necesaria para que nazcan el optimismo y la fe, tan necesarios tanto en los buenos momentos como en los malos. Y la confianza nace también de saber que la palabra es sagrada, que no es necesario firmarla en piedra ni llevarla a la notaría. Cuando la palabra empeñada está respaldada por los hechos, adquiere un valor que ningún documento puede sustituir.
La palabra comprometida de un mandatario es el primer patrimonio de la confianza pública. Cuando quien gobierna habla con la verdad y cumple lo que dice, su palabra basta. Porque una palabra que coincide con los hechos recupera algo que la política ha perdido: credibilidad.
La confianza se construye palabra por palabra y acto por acto. Un gobernante que dice la verdad le devuelve al ciudadano la tranquilidad de saber que aquello que se anuncia desde el poder no es simplemente una promesa más, sino un compromiso que habrá de cumplirse. Es así como comienza a creer que la política puede ser un ejercicio responsable y que las instituciones pueden merecer su confianza.
Un presidente que hace lo que dice es una bendición para su pueblo. Y un presidente cuya palabra coincide con sus actos abre la puerta para que las instituciones vuelvan a ser creíbles.
Abelardo de la Espriella habla con propiedad, yendo a lo esencial, sin elucubrar ni irse por las ramas. Qué contraste con otros que, por no tener nada que decir, hablan y hablan en interminables peroratas.
La cosa va en serio. Y si el Tigre empeña su palabra anunciando su lucha frontal contra la corrupción, aquellos que tienen rabo de paja que vayan buscando escondederos. Y los que pretendan lucrarse a costa del dinero público, que se lo piensen bien. Porque esta vez la advertencia es clara: que caiga quien tenga que caer
