A veces creemos que la vida necesita meses o años para transformarnos. Pero bastan unos segundos para descubrir qué importa de verdad.
El lunes 10 de agosto de 2026, a las 7:34 a.m., Colombia fue sorprendida por un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó. El estremecimiento alcanzó distintas regiones del país y dejó pérdidas humanas, daños materiales, estructuras afectadas y una profunda impresión en quienes lo vivimos. Sin embargo, más allá de las cifras, hubo algo imposible de registrar: durante aquellos instantes de angustia comprendimos que todo lo que parecía firme, podía cambiar de repente.
La tierra tembló bajo nuestros pies y muchas de nuestras certezas parecieron hacerlo con ella. Las paredes crujieron, algunos objetos cayeron al piso, los edificios y las casas se mecieron y ciertas estructuras cedieron. Nosotros buscamos casi instintivamente una salida, una voz conocida, un ser querido, algo a qué aferrarnos para sobrevivir. Y sucede entonces algo extraño: ante lo esencial, lo superficial pierde importancia.
Nadie piensa en el cargo que ocupa, en el automóvil que conduce, en una discusión pendiente o en quién tuvo la razón la noche anterior. Los títulos, el dinero, las jerarquías y esas pequeñas ceremonias del ego con las que tantas veces intentamos demostrar nuestro valor dejan de ocupar el centro. En esos momentos solo queremos seguir vivos y saber que quienes amamos también lo están.
Tal vez un terremoto no termina cuando cesa la sacudida. Algo permanece por un tiempo dentro de nosotros: el silencio posterior, la necesidad de aferrarnos a un poder superior que nos asista ante nuestra condición de indefensión y vulnerabilidad. Desde la bruma de una mente agobiada buscamos pequeñas luces de esperanza para afrontar lo que antes era impensable y descubrir la gratitud inesperada de comprobar que todavía estamos aquí.
Luego llega la calma, aunque ya no es exactamente la misma. Porque hemos recordado una verdad que la rutina suele esconder: casi todo aquello que consideramos estable es provisional. Construimos edificios, casas, empresas, relaciones, proyectos y sueños. Hacemos planes para la próxima semana, para diciembre, para dentro de cinco años. Y eso está bien. Necesitamos futuro, propósitos y expectativas.
El problema comienza cuando confundimos nuestros planes con garantías y vivimos como si hubiéramos firmado un contrato secreto con la eternidad. La existencia nunca firmó ese contrato. Tal vez por eso, cuando el orden cotidiano se altera de manera abrupta, descubrimos que buena parte de aquello que llamábamos control era apenas una ilusión.
Cuando cambia el orden de las cosas
Una experiencia límite reorganiza las prioridades con una velocidad desconcertante. Problemas que parecían enormes se empequeñecen, algunos resentimientos pierden peso y ciertas preocupaciones comienzan a parecernos demasiado costosas para el tiempo que tenemos.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿de qué valen el ego, la soberbia o los complejos de superioridad cuando recordamos que todos somos temporales y estamos expuestos a una misma condición humana?
No se trata de negar el ego. Necesitamos autoestima, identidad, límites y dignidad. Pero algo muy diferente es utilizar todo eso para sentirnos por encima de los demás. La existencia tiene maneras inesperadas de confrontarnos con nuestros defectos de carácter y recordarnos que nadie es tan poderoso como para no necesitar alguna vez de otro.
En una emergencia ocurre precisamente eso. Vecinos que apenas se saludaban preguntan si todos están bien. Las familias se buscan. Un desconocido ayuda a otro. Las diferencias se vuelven secundarias y, durante algunos minutos, dejamos de ser profesiones, cargos, ideologías o apellidos.
Volvemos a ser simplemente seres humanos.
Quizá una de las paradojas de nuestra condición sea esa: a veces necesitamos que algo ocurra afuera para reconocer lo que habíamos olvidado dentro.
Una mano que libera
El filósofo y sacerdote jesuita francés Pierre Teilhard de Chardin escribió: “Nadie es libre por su propia cuenta, sino en virtud de una mano que lo libera”.
La frase resulta especialmente significativa en una cultura que suele identificar la fortaleza con la autosuficiencia. Nos enseñaron a resolver solos, a no mostrar debilidad, a no necesitar demasiado de nadie. Sin embargo, basta recorrer nuestra propia historia para descubrir una realidad distinta.
Casi siempre hubo alguien.
Un amigo que escuchó sin juzgar. Una madre o un padre. Una pareja, un hijo, un maestro. Incluso una persona que apareció fugazmente y dijo aquello que necesitábamos escuchar en el momento preciso.
Nadie llega completamente solo hasta donde está.
Mucho de lo que somos nació también de quienes nos acompañaron cuando todavía no sabíamos cómo sostenernos. Y quizá allí exista una libertad más madura: saber recibir sin depender, agradecer sin someternos y amar sin convertir al otro en propiedad.
Las grietas que también nos enseñan
Cuando termina un terremoto se revisan columnas, paredes y cimientos. Nosotros también podríamos revisar los nuestros.
Hay acontecimientos que dejan al descubierto fisuras interiores que la costumbre mantenía ocultas: una relación descuidada, una reconciliación aplazada, un duelo que no terminamos de elaborar, una conversación pendiente o una existencia que comenzó a correr demasiado deprisa y olvidó preguntarse hacia dónde iba.
Reconstruirnos no significa regresar intactos al lugar anterior. Significa permitir que lo vivido nos transforme.
También nosotros tenemos grietas, y quizá no todas deban cerrarse. Por algunas de ellas aprendimos, por otras llegó alguien amoroso y por unas pocas terminó entrando la luz.
Reconstruirnos implica aprender a perdonar sin negar lo sucedido, juzgar menos sin perder discernimiento y comprender que muchas personas reaccionan desde heridas que desconocemos, del mismo modo que nosotros hemos podido herir desde dolores que tampoco comprendíamos.
Perdonar no es declarar inocente a quien nos hizo daño. Es impedir que lo ocurrido continúe gobernando nuestra historia. Y quizá entonces podamos mirar al otro sin reducirlo a enemigo, rival o inferior, sino como alguien que también intenta atravesar la existencia con las herramientas que posee.
Aprender a vivir, aprender a partir
Después regresan las agendas, los compromisos y las pequeñas urgencias cotidianas. Y con ellas aparece nuevamente el riesgo de olvidar.
Tal vez el verdadero aprendizaje consista en no necesitar otra sacudida para recordar lo esencial: llamar mientras podamos hacerlo, reconciliarnos cuando todavía hay tiempo, expresar el afecto que tantas veces damos por supuesto y atrevernos a cambiar aquello que sabemos que necesita ser transformado.
Aceptar nuestra temporalidad no significa vivir obsesionados con la muerte. Significa vivir con mayor presencia.
Y aquí aparece quizá la enseñanza más profunda. Cuando aprendemos verdaderamente a vivir, realizándonos, enfrentando nuestros desafíos, madurando, desapegándonos con amor y encontrando un sentido que trasciende lo inmediato, comienza silenciosamente otro aprendizaje: aprender a morir.
No desde la tristeza ni desde la renuncia, sino desde una comprensión más serena de nuestra condición.
Quien aprende a amar sin poseer, a disfrutar sin apropiarse, a agradecer sin exigir permanencia y a realizar aquello que siente llamado a realizar comienza también a prepararse para el último desprendimiento.
Quizá aprender a morir no sea pensar constantemente en el final, sino vivir de tal manera que, cuando llegue, no encontremos nuestra existencia suspendida en todo aquello que dejamos para después.
Porque madurar también es comprender que nada nos pertenece para siempre.
Ni las cosas.
Ni las personas.
Ni siquiera el tiempo.
Tal vez trascender comience precisamente allí: cuando aprendemos a amar profundamente la vida sin pedirle que sea eterna.
Y acaso el sentido último de reconstruirnos sea ese: comprender que, aunque alguna vez vuelva a temblar la tierra bajo nuestros pies, no tenemos por qué derrumbarnos por dentro.
Por: Armando Martí
